Volver a cabalgar

A los catorce años le pedí a mi padre una moto. Mis fantasías estaban puestas en una Suzuki 250 Enduro pero, sabiendo que trataba con un talibán anti moto, me conformaba con un ciclomotor. Aún así, mi padre cortó de plano la conversación. ¡Motos, no! sobre mi cadáver vas a tener una moto. Ahí mismo empecé a quejarme de que no tenía medio de locomoción para ir a ninguna parte, y no recuerdo bien las palabras utilizadas pero sé que mis argumentos eran fuertes y afilados, y que seguramente me apoyaba en alguna contingencia del momento para reforzar mi necesidad de tener un transporte propio. Lo que quiero decir es que lo dejé re caliente, le había ganado la discusión y lo había dejado en falta.

A los pocos días llegó con un caballo atado al auto. No fue la única vez que mi padre se desubicó de manera descomunal, porque después de todo, él me había hecho pasar años de mi infancia en el grupo de equitación de la bella Tante Puppi, que enseñó a legiones de niños a montar y a amar a los caballos. Entonces, promediando los años ochentas, me pasé una larga etapa yendo de acá para allá a caballo, desubicada por el conurbano bonaerense, hasta que no me dio más la cara y nos deshicimos del pobre animal.

Pero lo que quiero contar no es eso. Yo quiero contar que, casi treinta años después de estos sucesos, y también después de haber pedido al cielo un mensaje que me hiciera recordar quién soy, me topé de frente con el palenque que está en el lado sur de la reserva de biosfera Pereyra Iraola, muy cerca de donde vivo. Nunca antes le había prestado atención. Seguramente lo vi cien veces, pero con los ojos de otra, no con los míos. El día que lo vi con mis ojos de despierta, hace poco, y sé que fue por intervención divina, me vinieron unas ganas locas de cabalgar. De volver a ocupar ese lugar que era una especie de marca personal histórica. Encontrarme con mí misma.

Pedí un caballo. ¿Sabe montar? me preguntó el paisano. Sí, contesté segura. Entonces espéreme que le traigo uno de atrás, todos estos son mañosos, aguarde. Llegó con una bestia de metro noventa desde el piso a la grupa, blanco con pintas grises y de nombre “Forajido”. Esperé a que le pusiera la montura y luego que me ajustara los estribos. Noté que el derecho estaba más largo que el izquierdo pero no dije nada, tan embelesada estaba viéndome a mí misma ahí, sobre Forajido, en la inmensidad del bosque, que en vez de pensar que ya no tenía el cuerpo ni la agilidad de los catorce años, me imaginaba a galope loco como una amazona nueva y liberada. Y ahora que lo escribo me doy cuenta de que este cuelgue lo repito en mi vida personal. (Para algo me sirve escribir, me voy conociendo.)

Salimos a trote limpio. Me puse en posición recta, levantando el culito y haciendo pie en los estribos. Trotar es como hacer el amor (quien ha hecho el amor puede trotar fácilmente) pero, también como pasa a veces en la cama misma, algo estaba desajustado y yo me sentía incómoda. Entonces decidí hacerlo galopar en vez de ir a los saltos y cuando le aflojé la rienda y me incliné hacia delante, el caballo salió desbocado al mismo tiempo que un calambre impresionante me paralizó el gemelo de la pierna derecha. Terror. Terror e incredulidad. Voy en un grito, agarrada con las uñas y los dientes de las crines de la bestia. Hace lo que quiere. Relincha, se frena, golpea ramas, recula, emite sonidos aterradores, me domina completamente. Una metáfora de mi vida misma. Una desilusión.

Dolorida y con la cabeza colgante, yo; campeón y brioso, él; volvimos al palenque. ¿Qué tengo que aprender de esta humillación, Virgen María?. El paisano se sonríe y se saca la boina. Pensé que la tiraba a la mierda, señora, la verdá que me saco el sombrero por usté.

Y sí. Lo tomo como un mensaje alentador. Aún a merced del destino ridículo (tal es el nombre que aplicamos a la infinita operación incesante de millares de causas entreveradas, diría Borges) aún sin reaccionar al alerta de un desajuste importante, aún paralizada de dolor mientras una bestia pretende matarme -de manera “inocente”, claro- no pudieron conmigo. Dueña de mí misma me bajé de un salto, le toqué la oreja y le susurré “forro, voy a volver a cabalgar, voy a volver a confiar, pero montada en otro. A vos no te quiero más” y me fui apurada, rengueando y contenta.

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6 comentarios sobre “Volver a cabalgar

  1. Reencontrarse con UNO, puede doler un poco, porque a veces DORMIMOS por mucho tiempo….pero sin DUDA…los campos son NUESTROS….a CABALGAR Siempre!!!!! ADELANTE!!!!!

  2. “forro, voy a volver a cabalgar, voy a volver a confiar, pero montada en otro. A vos no te quiero más” y me fui apurada, rengueando y contenta…. Que lo pario Mendieta…. no me gustaria ser el cuadrupedo ese…

  3. Buenísimo!!!!! no sé como la gente no se acalambra al subir…TODAS mis experiencias con caballos fueron antiplacenteras…Pobres bichos, no somos el uno para el otro

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