Hubo un tiempo que fue hermoso

Tuve una infancia tanto rica como solitaria. Había nacido en un barco a la deriva por enfermedad del capitán. Fui lanzada desde la proa sin mucho cuidado ni miramiento, como se arrojan al aire, en un acto desesperado, las cosas que se quieren salvar de un desastre. Así crecí, de bote en bote, enriqueciendo sin saberlo y sin quererlo, mi idea de la vida y de los náufragos.

Después de un tiempo me cansé de los botes, de saberme invitada, protegida y eternamente de paso, y para la misma época me enteré de que existía también un concepto de costa, la tierra firme; un lugar donde se puede construir, donde se puede planificar y edificar con base sólida a resguardo del vaivén eterno de las aguas inmanejables, poderosas y profundas.

Una noche vi pasar la silueta de un hombre joven que, trepado a un tronco que había transformado en lancha, se dirigía con determinación hacia el sur. Me dijo que iba buscando la costa. Me lancé sin pensarlo dos veces a la aventura de ir con él hacia cualquier destino que me sacara de allí.

Nos juntó la necesidad, el impulso instintivo y desesperado por la supervivencia. No es un motivo menor ni frágil, por el contrario, es un vínculo que se ata con nudo de marinero y que por lo general está destinado tanto a la duración como a la fatalidad.

Durante cuatro años navegué con este hombre. Convivimos con naturalidad desde el primer momento, como gemelos en el útero de su madre. Nuestra relación se volvió profunda, densa y llena de secretos en común.  Aislados del mundo supimos los dos que nuestro encuentro prevalecería durante toda la vida. Ya no temíamos a nada porque no estábamos solos.

Y con él descubrí y toqué por primera vez la tierra firme. Con inmenso talento, tres palitos, cuatro piedras y algunas ramas construyó un castillo para mí. Y me adoró y yo lo adoré.  Y como la vida humana transcurre siempre según pautas gastadas, viejas y consabidas, nuestra felicidad no fue completa hasta que no dimos nuestros propios frutos a la tierra. Y también llegaron. Dos hijas preciosas y sanas, nacidas en tierra firme y amadas hasta el infinito por dos náufragos que por primera vez en sus vidas, se creían bien parados.

Hoy, veinte años después, estoy sola en la playa, frente al mar furioso de la costa argentina. En la boca tengo gusto a sal y recuerdo que ya me salvé una vez, que guardo ese instinto en algún lugar de mi alma. Me fuerzo a entender que vengo del agua, que sé moverme sin suelo firme y que todo va a salir bien.

Un día todos hemos de perder al ser amado. Quien no lo soporte no tiene más chances ni merece conmiseración alguna porque así es la vida humana. En este planeta lo viejo empalidece, se desgaja y muere a la vez que sale a la luz lo nuevo, lo que promete, lo seguro. Como decía Jorge Luis Borges, en los hechos graves el pasado inmediato queda siempre tronchado por el porvenir. Y este nuevo porvenir me encuentra plantada en la costa, de frente al mar indiferente e infinito.

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