La verdad, ese soporte ético

Faltando poco para que despertara, el 12.12.12, día de mi cumpleaños, Marta me regaló el libro “El último encuentro” de Sándor Márai. Me dijo que el mes anterior lo había comprado en Yenni y que no se había aguantado y lo había leído primero.

¡Pero qué problema hay! recuerdo que comenté divertida, contenta de compartir algo más con mi amiga. Pero enseguida advertí que no sólo había leído el regalo sino que, además, lo había subrayado en varias partes con una fibra gastada de color lila, de punta mocha. Y así me lo regaló, con las señales de su mente, con pistas confusas marcadas a pulso. Yo en ese momento lo recibí contentísima. Recién después de la primera lectura, y porque las personas que verdaderamente comunican conmigo lo hacen a través de gestos, de palabras sueltas, de canciones, de indirectas, me pregunté: ¿por qué eligió este libro? ¿Qué me quiere decir con esto? ¿Habrá pistas en las marcas?.

“Como todas las personas que viven mimadas por los dioses sin ninguna razón, también sentía una especie de angustia en el fondo de tanta felicidad. Todo era demasiado hermoso, demasiado redondo, demasiado perfecto. Uno siempre teme tanta felicidad ordenada.”

sandormaraiSándor Márai,  escritor húngaro, maravilloso, de esos que enamoran. El reconocimiento le llega después de muerto (exiliado y ya anciano, se voló la cabeza en Estados Unidos en 1989) y hoy es considerado uno de los mejores escritores del siglo veinte. Es un hombre que para mí representa el profundo conocimiento de lo noble, un guardián de la moral humana en el sentido más amplio de la palabra, una persona con la sabiduría de quien lo tuvo todo y luego lo perdió todo. Elige personajes ancianos, hombres y mujeres que sobreviven gracias a la búsqueda de la verdad como fuerza liberadora. Su escritura es simple, precisa -¡cómo escribe este hombre!- y refleja el empeño de los protagonistas por hurgar hasta lo más recóndito de sus almas en busca de la verdad, esa última que da sentido a una vida.

“Pero en el fondo de tu alma habitaba una emoción convulsa, un deseo constante, el deseo de ser diferente de lo que eras. Es la mayor tragedia con que el destino puede castigar a una persona. El deseo de ser diferentes de quienes somos: no puede latir otro deseo más doloroso en el corazón humano.”

Así las cosas, estoy dormida y me llega un libro que habla de la amistad y de la búsqueda de la verdad, un libro que es señal y respuesta.

Suena en mí una sorda primera alarma subconsciente.

“Cuando el destino se dirige a nosotros, con cualquier forma, y nos llama por nuestro nombre, en el fondo de nuestra angustia y de nuestro temor siempre brilla cierta atracción, porque uno no solamente quiere vivir a cualquier precio, sino que quiere conocer y aceptar la totalidad de su destino, también a cualquier precio, incluso a costa del peligro y la destrucción.”

Hace poco tiempo le pregunté a Marta por qué había elegido ese libro. Me respondió que no se acordaba, que probablemente haya estado de oferta.

 

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