Crónica de privaciones (continuación)

¿Por qué, me pregunto, tomé esa decisión? ¿Por qué armé esa puesta en escena? ¿Habrá sido la reacción defensiva más antigua, la imagen de la impotencia, un berrinche?  No lo sé y ya no me importa; en ese momento recordaba todas las veces que me habían dicho que un auto es un arma, y mientras arrancaba, le dije a mi secuestrador que había decidido matarme antes que seguir con él.

Salí del estacionamiento echando humo y gritando como desquiciada. Me sentía encerrada en un pandemonium -nunca me había pasado algo así- no sabía qué hacer y se me soltó la chaveta. Recuerdo que mientras aceleraba, hablaba sola: ¡matame! ¡matame ahora! ¡vengan todos a buscarme! ¡yo hago lo que quiero! ¡dejame! ¡hijos de puta! ¡primero me van a tener que agarrar! ¡muerta me van a atrapar! ¡yo soy libre! y todas expresiones así, del desvarío, que hoy me avergüenzan.

Al Cara de Luna se lo veía consternado. Me apuntó a la cabeza con decisión pero enseguida se arrepintió. Quiso ponerse el cinturón de seguridad pero no pudo. Se le había enredado con la tira de la cartera, y el viento, que entraba cruzado, no le permitía ver bien. Yo había enfilado para la Avenida Roca -los que conocen Avellaneda se ubicarán rápido- que termina en una curva cerrada y de frente, una pared de ladrillos. En esas cuadras se dio una conversación gritada, no la recuerdo textual, él juraba que sólo había querido que lo acercara a su barrio y yo le retrucaba con sorna, haciéndome la incrédula, la artista: “Mirá vos, resulta que ahora sos buenito y sólo querías ir a la casa de tu abuelita” cuando la verdad es que le creía todo. Ustedes se preguntarán si de verdad quería matarnos, y la respuesta es no. En esos momentos de velocidad yo había abierto una puerta adolescente, me dominaba el neocortex, tenía ideas asesinas y si he de decir la verdad, hacía cálculos para que en el accidente la única víctima fuera él, el que no tenía puesto el cinturón.

Una emoción y un pensamiento, que llegaron al mismo tiempo, me hicieron cambiar de parecer. La primera fue una pregunta de Cara de Luna, un ¿por qué? lastimoso, teatral, dolido. El quedó mal desde que le dije que prefería matarme antes que seguir con él. Andá a saber qué le movió, pobre muchacho, tan bien que nos veníamos llevando, si robaba era por alguna falencia, por una necesidad, aunque esté mal. Y la segunda fue que pensé que si se armaba tamaño escándalo, esa noche no iba a estar tomando cairpiriña en Río de Janeiro sino que, con mucha suerte, en la comisaria, en Avellaneda. Esta certeza me hizo frenar de golpe. Le pedí un cigarrillo y que por favor se fijara la hora en mi celular. La voz me salió arrastrada, como si hubiese estado tomada. Cara de Luna dijo “yastá” y abrió la puerta. Yo nunca sabré si sintió miedo o vergüenza ajena. Al final dudó si saludarme con un beso, pero mi frialdad lo decidió a desaparecer con prudencia, sin saludos.

V.

Al vuelo no lo perdí porque estaba determinada a viajar esa tarde, porque era un deseo verdadero y un destino marcado. Nunca llamé a la policía y minimicé los hechos ante mi amiga Valeria, que estaba lista para llevarme a Ezeiza. Todo entrecortado y a las apuradas. Ya en el aeropuerto, y por haber llegado cuando los demás habían embarcado, me pasó de todo: papelonee, me rebajé, pero ya no viene a cuento. Lo menciono porque contribuye a dar cuenta de la multitud de estímulos que tuve que afrontar ese día.

En el momento del despegue -que me aterroriza- conforme el avión subía con esfuerzo, mi entereza bajaba; hasta que no pude más y, por segunda vez en el día, rompí en llanto. ¿Lloraba por todo lo que me había pasado? No, lloraba de miedo por estar en el avión. Y empecé a rezar como si fuera, de repente, una creyente. Le hablé directo a Dios, con humildad, con arrepentimiento, para pedirle perdón, para no morir en ese trayecto y para hacerle una promesa.

Una vez más alguien que nada que ver llegó para rescatarme. Esta vez le tocó a mi compañero de asiento, un hombre maduro y crupier del casino flotante, que con su sabiduría de la noche -esa que se nutre de las miserias humanas- comprendió mi desasosiego y rezó junto a mí. Pobre viejo, recién empezaba su martirio. El viaje fue corto y a mi amigo el crupier le robaron la valija. Me dio no sé qué dejarlo hablando solo y lo banqué mientras buscaba a alguna autoridad. Al final lo acompañaron a una oficina del aeropuerto y yo advertí que había salido todo el avión menos yo. Corrí por los pasillos vacíos hasta que llegué al aire libre.

VI.

Un viento caliente me acarició la cara. Primera impresión de Río. En el horizonte, de un azul oscuro, se recortan miles de lucecitas que se elevan hacia el cielo como garras que piden perdón. Más cerca, a la derecha, está parado Alejandro, tan especial, tan mío. Ya se iba, pero se quedó. Se lo ve aliviado, contento, algo indeciso, voleado, como lo vi en la primera cita. Luna llena en la playa de Leme y nosotros comenzando de nuevo.

Anuncios

8 comentarios sobre “Crónica de privaciones (continuación)

  1. Quiero más. Lo de las nenas, y qué más era? Lo del trabajo nuevo.

    Bueh, un beso.

    (comentario con menos onda que un clavo, jjjj)

  2. Vio que talentosa que sos, guacha, que cercana siento las historias, Roca, el paredón, la remera con las rayas de la plancha me mató y las marquitas de la varicela también!!muy buen Final.Gracias Vio x tus historias y por pasarte por mi blog, me gustö verte x allá!!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s