Crónica de privaciones

Ayer estuve chateando con Marta. Me preguntó por qué no posteaba y le conté que tenía tres textos larguísimos que no me gustaban, que no tenían una idea central y que eran aburridos. Ella preguntó si no daba para unirlos en uno solo. Le contesté que era imposible ya que eran tres temas bien diferentes, a saber: mi secuestro, el nuevo trabajo y la primera etapa de la crianza de las nenas.  No tienen puntos en común, no para una mente que con dos o tres datos se precipita a una conclusión. A Marta le pareció que los tres hablaban de lo mismo: de la privación de la libertad. Y entonces pensé que todos mis textos contienen, más a la vista o más oculto, este tópico. Seguimos charlando y nos preguntábamos ¿De cuántas privaciones sufrimos a lo largo de la vida? de afecto, de tiempo, de espacio, de amigos, de familiares, de justicia, de naturaleza, de seguridad, de estabilidad, de deseos, de confianza, de amor, de incondicionalidad… la vida misma parece ser una sucesión de quita y pon, de ofrecimientos y arrebatos, de elecciones acotadas, de un despojo paulatino desde el principio hasta el fin. Para acompañar este estado del pensamiento sale a la luz el relato de un día con varias privaciones en cadena. Tuvieron lugar en Avellaneda el 18 de noviembre de 2005.

I.

El 18 de noviembre debía tomar el vuelo de las 17:15 de Varig con destino a Río de Janeiro. No era un viaje cualquiera de una mujer viajada; era la primera vez que salía del país en ocho años, nunca antes había estado en Río, jamás había estado más de cuatro horas separada de mis hijas,  y si no llegaba esa noche al aeropuerto de Galeão mi marido se separaba de mí.

Doce buenos años habían llegado a su fin. Todo lo que intentáramos, incluidas unas sesiones de terapia de pareja, fueron un simulacro para alargar el final, para decir “algo hicimos”. En pocas palabras: él hablaba de oscuros sentimientos de soledad y yo hablaba de las nenas. Y tan desencontrados estábamos que en la última conversación que mantuvimos él me dijo: “Me voy de viaje, o venís a buscarme a Río o no sé cuándo vuelvo”. Así lo dijo, a lo macho y porque sí. Y yo, como Scarlett, le dije: “No puedo vivir sin vos” (en las dos acepciones, la romántica y la de hecho) y él, Rhett, contestó: “ahora me importa un pito”. Despechado, duro. Lloré.

Entonces, el 18 de noviembre era un día deseado y a la vez temido, era el día en el que debía dar un salto y salir del nido, me la tenía que jugar, debía cumplir con un deber… “cumplir con un deber” ¡qué palabras más dramáticas! uno vive la vida, y yo estaba arrastrada por las circunstancias, es decir, destinada a redimirme a los ojos de Alejandro. Lo deseaba y ése era el día. Sin embargo, esa mañana tenía el nerviosismo puesto en las cuestiones cotidianas, el perro, la logística del viaje al aeropuerto y las diligencias de último momento. Creo que todas las personas vivimos de manera un tanto inconsciente los hechos relevantes de nuestras vidas, y sólo después, más adelante en el tiempo, cuando reflexionamos sobre esos mismos hechos, caemos en la cuenta de la importancia que adquirió un día cualquiera, una decisión, una palabra, un desencuentro.

II.

El 18 de noviembre al mediodía, en la puerta de la escuela, las besé y las abracé con emoción de despedida. Ellas se apresuraban por entrar y yo retrasaba la separación. A último momento se fueron sonrientes, lo último que vi fue a mi hija mayor que giró y me tiró un beso. Cerraron las puertas de la escuela y me puse a llorar. Tuve la premonición de que algo malo iba a pasarme. Que quizás nunca más vería a mis hijas. Pensaba: seguro se va a caer el avión y van a quedar huérfanas de madre, es eso ¡qué miedo! O quizás se va a caer el avión de vuelta y van a quedar huérfanas de madre y de padre ¡Qué va a ser de ellas! ¡Pobres criaturas mis hijas! ¡Qué dolor!. Las otras madres me hicieron reaccionar, me llevaron hasta un banco y me acercaron agua y un pañuelo. Les hice prometer que velarían por su futuro, que serían sus madrinas, que les hablarían de mí.

Subí al auto conmocionada. Tenía que llevar a Coraje a la guardería canina y no podía perder un minuto más. Hice un par de cuadras por el barrio vacío y tuve que frenar a mitad de la calle porque un hombre amagó con cruzarse. Así, con simpleza, dio dos pasos, giró hacía mí y me apuntó con un arma. Acá el recuerdo está roto, lo veo gritando pero no recuerdo qué, creo que se debe a que en esos instantes el cerebro funciona con tantos estallidos internos que la secuencia se graba mal, queda fallada la memoria, y será por eso que a veces uno no recuerda nada o recuerda fragmentado.

Abrí la puerta como un autómata y me quedé mirándolo con cara de nada. Esa incredulidad es la que debe sentir el ciervo cuando se enfrenta a su cazador y permanece inmóvil, en actitud de espera y desesperanza. Es game over, fuiste. Con el cañón apoyado en mi sien izquierda empujó mi asiento para adelante y trepó al asiento de atrás. Luego, como un animal fuerte y brutal, se lanzó al asiento del acompañante. Su presencia, sus brazos, el arma, el olor, la mirada: todo eso disparó mi adrenalina. Esa sensación desagradable que ya conocía de mi época temeraria al volante, la velocidad, la curva cerrada, el feo dolor en las piernas. Un calor que me quema la cara y floté en un lugar común: no puede estar pasándome esto. Seguramente lo mismo que piensa el ciervo.

III.

Me apoyó el arma a la altura del mentón y dijo que si me quedaba tranquila iba a salir todo bien, pero que si hacía un movimiento raro me mataba. Entre nosotros, qué cursi, esa frase debe ser la más gastada después de “arriba las manos”. Me sacó del shock porque no le creí, sonaba a muy ensayado, muy nervioso. Si la situación hubiese sido un ensayo teatral, el director nos hubiese interrumpido por su mala actuación. No sé, algo ocurrió con aquella frase amenazante porque yo justo en ese momento recobré el dominio de mí misma. Puede ser también, de esto me di cuenta después, en la reflexión, que no había sido la primera vez que me apuntaban con un arma, que es lo más dañino, lo más traumático; lo había hecho Marcelo varias veces, y también había sido ciervo, cinco años antes, en un asalto violento. Así que después de su advertencia, ya repuesta del shock, lo miré detenidamente.

Es un chico. Le doy menos de 20, quizás 18 años o menos. Corpulento y cachetón. Tiene mirada vacua con un trasfondo torvo. Tuvo varicela y se rascó todas las cascaritas de la cara. La madre no lo cuidaba bien, es evidente. Esos hoyos planos en la cara redonda me recuerdan a la luna. Tiene la ropa limpia, la remera blanca mantiene las líneas verticales del planchado. Se la planchó la abuela, pienso. Bermudas cuadrillé en paleta de grises y zapatillas ostentosas, muy blancas, muy limpias. Qué raro que mi secuestrador sea una persona tan pulcra. Y le tiembla ligeramente la pera cuando habla, está nervioso, emocionado. Tiene miedo igual que yo. Lo huelo. Todo en él es un cliché.

Quiere que vayamos a la avenida principal, a la zona bancaria. Quiere entrar conmigo como rehén al Citibank y sacar plata del cajero y, si pinta, asaltar el banco también. Decir que me cayó pésimo es poco, y en ese momento, como siempre que me asalta el miedo, me dio una crisis de locuacidad. Empecé a hablar sin parar y recuerdo que él se tapaba los ojos con una mano y con insultos del tipo ¡la concha de tu madre, flaca! pedía que me callara. Le dije que la idea del banco me parecía pésima. Que había mucha policía, mucha cámara. Le conté que tenía cinco hijos, no sé porqué agregué algunos más, quizás para impresionarlo; lo asesoré en cuestiones de robos, le dije que si aspiraba al Citibank iba a tener que asociarse en una banda, le indiqué que lo mejor para estos casos era un cajero que diera a un estacionamiento, que yo sabía de uno -enfilé para ese cajero-  le hice memorizar el camino para futuros atracos, nos pusimos de acuerdo en qué decir si nos paraba un patrullero, hablamos de armas, de zapatillas, bromeamos con el club Arsenal, nos convidamos cigarrillos y por sobre todo, nos hicimos conocidos y eso nos tranquilizó a ambos. Insistí mucho en que todo tenía que salir como un plan perfecto y rápido (¡sobre todo rápido!) todo el asunto se reducía a ir hasta un cajero, hacerse del dinero e irse cada uno por su lado. Si te he visto no me acuerdo. Él aceptó todo.

En el momento en que se guardó mi plata, unos seiscientos pesos, no sentí bronca ni ningún sentimiento, me parecía que se los debía y que estaba acabando un acuerdo, puedo decir que me sentía en paz. Por eso me desestabilicé mucho cuando me dijo que nada había terminado, que debía llevarlo hasta un lugar, un lugar así, indefinido. Empezamos a gritarnos en el estacionamiento. Yo lo insultaba y él, visiblemente angustiado, amenazaba con matarme. No sé la imagen que habremos dado porque el mundo estaba partido en dos realidades: la de la gente común, que entraba o salía del supermercado, y la nuestra, delictiva y llena de peligro. El alma de él, encaminada hacia lo peor, y la mía, encaminada al aeropuerto porque a esa altura de la circunstancia se me iba la vida en ese viaje a Río. Subí al auto hecha una furia endemoniada. Empecé a darme manija conque iba a golpeame, a violarme, a matarme, a entregarme a otros para un secuestro extorsivo, o me iban a violar muchos y quizás me torturaran hasta la muerte, que nadie me buscaría, pues los de aquí pensarían que estoy allá, y el de allá pensaría que estoy aquí. Todo lo negativo se me vino encima como la sombra de una nube de tormenta. Y por meterme en la búsqueda alocada de una salida, entré en un espiral destructivo y tomé una decisión desesperada: antes que ir como vaca al matadero, íbamos a matarnos los dos.

Continuará


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7 comentarios sobre “Crónica de privaciones

  1. GUAUUUUUUUU!
    Me gusta esta historia… y estaré a la espera de la continuación.
    No puedo dejar de aceptar q me da un poco de miedo, sobre todo x q este año mi hijo viaja para allá un mes antes que yo y mi cabeza no para de imaginar casos como este protagonizados x mis viejos y Fide. Es con el miedo que tendré que vivir esos días.

  2. Atrapante…me quedé con ganas de seguir leyendo.
    Se activaron mis recuerdos de aquella vez en que viajando en un taxi, el chofer de dio vuelta y me dijo quedate tranquila, es un asalto, mientras por la puerta trasera contraria a la mía, ingresaba otro hombre…
    Por suerte…nada grave pasó pero…el momento fue terrible para mí

  3. Y ahoraaa???
    Vos pensa esto: yo te banco hasta
    que te inspires, todo lo que quieras
    Pero si pones “continuara”, firmas un
    Pagare a no mas de 30 dias!

    1. Es que me gusta contarlo bien, con detalles, como queremos las mujeres. Prometo que no pasa de unos pocos días. Me gusta el “continuará” porque tiene el condimento de las radionovelas, brinda emociones ya olvidadas.

  4. SIMPLEMENTE, sencilla, ATRAPANTE, con ese condiento COMICO y descpitivo que te caracteri
    za Vio….ESPEROOOOO…acá un nuevo CAPITULO!!!! Felicitaciones!!

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