Sinsentido de pájaro y autopista

Primera noche

Son las dos de la madrugada. Estoy despierta, me desvela la preocupación. Me enteré que quieren pasar una autopista de ciento veinte metros de traza por el Parque Pereyra Iraola, nuestra reserva de biosfera, nuestro orgullo, nuestro tesoro. Los pensamientos saltan locos y es tanta la actividad mental que no puedo descansar. Me siento amenazada. Yo pensaba que estas cosas ya no sucedían. Yo creía que la mínima conciencia ambiental regía los proyectos a gran escala. La autopista tendrá tres carriles por lado, su correspondiente cantero central y dos colectoras. No quiero dormir, no quiero alejarme de esta preocupación, necesito pensar, pensar, pensar…

Salgo de un estado de vigilia y advierto que es casi el alba. El cielo está negro azulado, antiguamente se decía laudes. El barrio está dormido, la casa está muerta, los perros no se escuchan y yo tengo los ojos bien abiertos. Maldita autopista. Oigo los chillidos de los pájaros nocturnos, quizás sea un buho que se va alborotado hacia su nido mientras los otros, asombrados, gritan a pecho hinchado. La noche que parece quieta es, en la realidad natural, un griterío; me doy cuenta de que estoy viviendo el recambio de actores voladores, los rapaces nocturnos se esconden, los pájaros conocidos van tomando la posta de la vida diaria. En un ratito, sospecho, comenzarán los gallos.

En esa quietud de orquesta escucho a un ave nueva, un chillido agudo y estridente que dice algo que no es un trinar:  iiiita… iiiita… ieoooooón ¿Qué? presto atención y siento un soplo de miedo “i eee taa… i eee taa (el “ta” suena muy claro) i-e-sióoooonnnnn… (el “sión” hasta lo dice acentuado) ¡ALARMA! me agarro el pecho, no puede ser.

-¡Alejandro! ¡Despertate! Hay un pájaro que dice algo. ¡Ale!

– ¡¿Qué?!

– ¡Qué hay un pájaro que habla! ¡Qué grita! me da miedo… no te despertaría por una pavada… ¡escuchá!

Alejandro se da vuelta completamente adormilado y se apoya sobre el codo. Pasan largos minutos de silencio total. Cada tanto se le cae la cabeza.

– Te juro, me tenés que creer. Esperá.

– Te habrá parecido. Hay muchos pájaros que hacen cantos que parecen palabras -y más si estás medio dormida- no te preocupes, linda, no es nada. Dormite.

– Perdoname… es que era tan claro.

-¿Y qué decía?

– No sé bien… algo como “ieta, ieta” y después decía clarito algo como ” ie ie – sión”.

– Bueno, te habrá parecido. Pensá que si hubiera algo raro los perros ladrarían y sin embargo están durmiendo.

Dicho esto, dio una vuelta completa y se durmió. Yo no pude dormir. Estuve hasta la mañana con los oídos aguzados, escuchando de tanto en tanto, más lejos o más cerca, ieta, ieeeta, ie, siónnnn que imaginaba surcando alto vuelo por encima de una autopista vacía.

Segunda noche

Voy corriendo por un inmenso terraplén de tosca. Me pesan las piernas, me hundo porque la tosca es pegajosa y húmeda, no puedo avanzar. Tengo en la mano una bomba Molotov que fabricó Alejandro. Veo, horrorizada, que no llego, que me hundo como en aguas movedizas. Se oyen gritos agudos y una gran lechuza baja planeando hacia mí. Me despierto agitada.

Muy despacio me dirijo a la cocina. Son las cuatro y veinte y hace frío. Me paro delante de la pileta y pienso que voy a tomar agua de la canilla para no hacer ruido. Estando así de atontada, escucho muy cerca, casi como si viniera de detrás de la ventana, el maldito chillido: iiiiieeeta, iiiiieeeeta, die, sióooon.

Violeta, sos una mujer grande, pensá: ¿Es una persona? No. Ya está, una persona sería de temer, lo demás no. ¿Es un pájaro? No sé. ¿Dice algo? No. La verdad es que no dice nada de manera expresa, pero no gorjea como pájaro, es una voz que modula en tono muy agudo, pero no un sonido que sale de un pico, como un trinar. De nuevo,  iiii eee taaaa, iiiiieeeetaaaaa, ie, sióóónnn. Impresionante. Claro y alto. Y está cerca… estás cerca guacho, yo no te tengo miedo bicharraco del demonio, estás en casa, en algún árbol del fondo y no me dejás vivir, y venís cuando me desvelo por la autopista. Decido salir.

Abro la puerta y me doy cuenta de que estoy sin ropa, vuelvo y me pongo el sobretodo de Alejandro. Salgo a la noche envalentonada por la fuerza de la lógica y de la razón. Lo quiero ver. Decido girar hacia el frente del terreno, donde es descampado y por diferencia de altura puede verse un buen panorama del fondo. La negra me sigue a las cansadas, dormía pero se ve que decidió acompañarme. La quietud es aparente, si uno conecta con los sentidos, la noche es una perspectiva de seres nuevos, de infinitos sonidos. Que suerte que la negra está conmigo. Iiii eee taaaa, iiiiieeeetaaaaa, die, sióóón. Ahora viene justo desde atrás de la casa, en el fondo, arriba de las moras o quizás más atrás, en la acacia más alta. Vení conmigo, Negra.

Paso por el costado de la casa y llego, a pasos lentos y alargados, hasta debajo de las moras; tres árboles juntos de copas anchas, y me quedo inmóvil buscando hacia arriba, en las ramas. No veo nada. Fiii eee taaaa, Fiiiiieeeetaaaaa, dier, sióóónnn.  ¡Atrás! arriba… está parado en una rama alta en el límite del terreno. ¿Qué dice? no puede ser… ¿fiesta fiesta?. La negra no se inmuta. La luz trasera de la casa alumbra unos metros, más allá la oscuridad es total. Decido que lo más sensato será correr como animal hacia el fondo, por el camino conocido, quizás agitando los brazos y haciendo sonidos; así al menos podría primero escuchar y después ver, recortada en el cielo, su huida. Rodeo una maceta y cuando voy a emprender la carrera, me toman del brazo. Es Alejandro.

– ¿Qué está pasando, Violeta? ¿Vos, te sentís bien?

– El pájaro. El pájaro que habla está en el fondo.

– Bueno. Ok… Vamos adentro, por favor. Vení. Quedate tranquila, ahora me contás todo.

– ¡Me estás tratando como a una loca! ¿Vos no me crees? ¿Vos pensás que soy una psicótica que escucha voces? ¿qué le hablan los pájaros?

– Yo no pienso eso. Yo te creo, tranquilizate. A ver, ¿qué dice el pájaro? ¿qué crees escuchar?

– No me lo vas a creer. Dice: … fiesta, fiesta, diversión.

Se ríe.

– Listo. Si vos que sos mi compañero en esta vida, quien debería representar la confianza, no me cree algo tan serio -y que me tiene sin dormir y como una loca… ¡pero vos sólo ves a la loca, no sus razones!- así no puedo aspirar a que creas, de mí, hasta lo imposible. Me siento sola. No te quiero más… y nunca te dije esto pero te lo digo ahora: me quiero separar.

– Fiii eee taaaa, fiiiiieeeetaaaaa, dier, sióóóónnnn.

– ¡Escuchá!… ¡¿Escuchaste?! ¡Fiesta, fiesta, diversión!

– Mmmm, pero no dice eso, parece. Puede ser un lechuzón de campo, esos son más grandes que un gato, y para mí no dice fiesta-fiesta, es algo que parece eso.

– ¡Ah! ¡escuchaste! Este es distinto, y sí dice eso, al principio no se entiende, pero después te va entrando y sí, dice eso, fiesta, fiesta, diversión.

– Puede ser, me voy a quedar atento. Ya no te preocupes, vamos adentro. ¿Me querés de nuevo?

Tercera noche

La sola idea de ir a dormir me da aprensión. Significa descansar algunas horas para luego ser despertada en laudes, cuando el señor grita desgañitado su consigna ridícula. Porque pienso que si sus palabras fueran otras, quizás más enigmáticas o incomprensibles, su presencia se volvería creíble por la magia de lo oscuro, de lo desconocido. Pero este ser grita “fiesta, fiesta, diversión” y me deja sola, desarmada en un sinsentido, en una situación inconcebible en donde se mezclan la angustia con la payasada.

Leo hasta que se me nubla la vista, corro las cortinas con cuidado y acomodo a mi hija menor en el centro de la cama. No quiero que quede del lado de la ventana.

Laudes. Abro los ojos y enseguida me siento en su territorio. Los ingenieros de vialidad dicen que la autopista es progreso, que por cada árbol que talen, plantarán cuatro; que habrá zonas de esparcimiento y diseños paisajísticos.

Fiii eees taaaa, Fiiiiieeeestaaaaa, diver, sióóónnnnnnnnnnnnn.

¿Y qué será? A esta altura creo que es un loro papagayo que probablemente perteneció a una familia de la colonia portuguesa, que seguro se escapó hace años y nunca lo encontraron, y desde entonces ronda el parque gritando lo único que le enseñaron en la vida. Tiene que ser eso.

¿Y qué es lo que me angustia tanto? Es el sinsentido humano. Que tres viejos decrépitos dibujen una autopista sobre una reserva de biosfera. Que nadie los detenga. Me levanto y busco el llamador de pájaros, me asomo por la ventana de la cocina y lo hago sonar. Me devuelven el saludo unos cuantos. Vuelvo a la cama con la sensación de haber hecho un pacto. Me dispongo a dormir más liviana, ya identifiqué al verdadero enemigo. No van a pasar así de fácil. Yo voy a estar del lado de los pocos que opongan resistencia.

Fiii eees taaaa, Fiiiiieeeestaaaaa, diver, sióóónnnnnnnnnnnnn.

Cantá bicho. Gritá tu alegría mientras puedas. No sé interpretar tu mensaje ni entiendo por qué elegiste mi casa. Pero te prometo, pajarraco, que voy a hacer lo que esté a mi alcance para que no pierdas tu lugar. Con tu canto tejo mi compromiso.

Fiii eees taaaa, Fiiiiieeeestaaaaa, diver, sióóónnnnnnnnnnnnn.

Sí, Sí, te creo. No van a poder pasar y va a ser una fiesta, pajarito.


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2 comentarios sobre “Sinsentido de pájaro y autopista

  1. VIOLE !!! creo conocerte y leo tus notas y realmente te creo !!!!! siempre fuiste asi,ctus comentarios, son de mucha humanidad, me la crei !! dude !!! me rei !!! pero se que vas a luchar, por el bien de todos,ces hermoso lo tuyo, no se expresarme para que me puedas entender,pero yo te entiendo !!!!!!! besos a los cinco besossssssssssssssss

  2. Vio me encantó. Fui siguiendo el relato y por momentos me reía, imaginaba tu estado de desesperación ante la incertidumbre y tu lucha por no querer pasar por loca ante Alejandro.
    No se si es casualidad lo que entendiste en el canto de ese pajarraco pero es una CAUSALIDAD seguro.
    Fuerzas y con la guardia alta para conservar ese territorio sin la invasión de la autopista…
    Un abrazo.

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