Un poeta para la risa, y el olvido

Voy a contar la historia de un amor truncado por un bochorno espantoso. Es de esas anécdotas que dejan en silencio a los que creen haber cometido un papelón y da cuenta de los extraños vericuetos de esta vida. Me ocurrió a mí en el verano de 1988 y dudo que exista mujer a la que le haya ocurrido algo semejante, en tales circunstancias. Sucedió en las vacaciones que compartí con mi amiga Marta, cuando éramos jóvenes y poderosas, cuando nos sobraba el desenfreno y la alegría.

Yo había conocido a un poeta, un flaco de rulos al viento y aire despistado; era algunos años más grande que yo, estudiaba letras, y tenía unas maneras lánguidas que le daban un halo gay. Me encantaba. Lo había conocido una noche, en la playa, en un parador con buena música y mucho clericó; nos había juntado la casualidad y la devoción en común por Milan Kundera y pasamos esa velada casual discutiendo acerca de su obra, de cómo expone a los cuerpos humanos con toda su crudeza (a él le chocaba, a mí no tanto); y en especial hablamos sobre El libro de la risa y el olvido, y los dos nos maravillábamos de comprender lo mismo: que el autor buscaba la unión de los imposibles. (Recién hoy comprendo que esa fue la primera señal premonitoria que yo no supe ver). Quedamos en encontrarnos la noche siguiente.

Ese día lo recuerdo como el cenit de la alegría, estuve horas ocupada en el arreglo y preocupada por encontrar una argucia para retenerlo. Mi intranquilidad era cómo sostener una charla interesante, cómo seducirlo desde un ángulo intelectual; porque había que sostener el estándar que había demostrado la noche anterior, y que había sido inspiración de la fruta del clericó, no enteramente de mi pensamiento. Lo discutimos mucho con Marta y decidimos no hacer nada concreto, mejor era dejar que la cita fluyera por sus propios canales (esta fue la segunda señal). Salí perfumada y con un atolondramiento que me era impropio.

Lo vi esperándome a la salida del bosque, apoyado en una casuarina y descalzo. Apenas me vio me ofreció la mano, y esa noche creí, verdaderamente, que llegaríamos lejos, que pasaríamos la barrera del amor de un verano hacia una relación profunda y tormentosa, que esa noche especial era sólo el comienzo. Elegimos un bar alejado y una mesa alejada, ordenamos unos calzonnis, la especialidad de la casa, y charlamos de trivialidades de verano. En medio de la cena me miró con dulzura y me dijo, emocionado, que había escrito un poema para mí. (En ese segundo silbó un aire maligno, como un sablazo que pasó cerca, pero yo no fui consciente en ese momento, esta señal, ya obvia, la rememoré después; pero puedo adelantar que en ese momento una parte de mí se deshizo).

Del nerviosismo hice una sobreactuación, como de sorpresa, como que me atragantaba con la comida… y sentí un fuerte ardor en el paladar, arriba, bien atrás. Él me dijo “Te brillan los ojos”. Sonreí y al mismo tiempo me percaté -con horror- de que tenía un objeto extraño metido en la cabeza, justo al medio. No dije nada, no pude, me quedé ensimismada temiendo lo peor. El poeta, ajeno a mi drama, empezó a leer las primeras líneas hasta que, ofuscado, apoyó el papel sobre la mesa. “Si te da risa, o vergüenza, podrías tener la delicadeza de ponerlo en palabras”, me dijo. Y ese fue el momento fatídico: quise expresar mi emoción y no pude, se me retrajo la nariz en una mueca grotesca, y con un sordo estallido nasal despedí un dado de jamón cocido que quedó pegado en el papelito del poema.

El poeta quedó lívido, como descompuesto, en realidad se lo veía humillado. Miraba fijo el jamón hasta que se tapó la cara, y así se quedó un rato. Yo ni alcancé a balbucear una disculpa, recuerdo que quise decir “¡qué vergüenza!” pero no pude pronunciar la palabra y me quedé con la boca abierta.

Al rato reaccioné.

– Me pasó algo rarísimo ¡Se me metió adentro cuando leías!

– ¿Me pasó? ¡Por favor! eso no le pasa a la gente. Yo estuve todo el día evocándote… ¡Y ahora me hacés esto! Me siento un estúpido.

– ¡Fue algo inconsciente! ¡Te pido perdón!

– No puedo, ya no… ¿Sabés? Lo que se hace inconscientemente también forma parte de la personalidad de una persona, y esto no tiene arreglo.

Dijo algunas cosas más en voz baja, se levantó y se fue. Y yo me quedé mirando el calzonni durante un rato, y después, mientras me lo comía con desgano, pensé que estaba ante un extraño tipo de milagro, porque yo no quería escuchar esa poesía después de todo. Pero no tenía fuerza para volver al departamento, para enfrentar a Marta y explicarle lo inexplicable. Me pareció que lo único que podía hacer en ese momento era olvidar, pretender que nunca había sucedido, entonces me emborraché.

No tengo un solo recuerdo de cómo llegué a los brazos de mi amiga. Ella sí recuerda que yo repetía “lo perdí por un jamón” y que le costó muchísimo entender los detalles de la cita. Pero supo consolarme sabiamente, me recordó que nuestro amor estaba truncado desde el vamos por desleal y pretencioso. Que el poeta era del tipo triste, y esos artistas no aprenden nunca a amar libremente, que siempre andan atados a sí mismos. Que el jamón había sido el insólito instrumento del destino para resguardarme de un sufrimiento futuro.

Recién ahí le di el permiso para que se riera. Me estremeció la carcajada que atravesó la cuidad entera y se fue haciendo eco entre las dunas, y esa energía sanadora me liberó del dolor, porque, como dice Kundera, después de la risa siempre llega el olvido.

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11 comentarios sobre “Un poeta para la risa, y el olvido

  1. Viole, sos una genia!! Me hiciste llorar de la risa… Además, me gusta tanto tu estilo para escribir!!! Un beso y seguimos esperando más historias!!

  2. EXCELENTE VIOLE!!!!!!!!!!!!! me reí muchisimo…. sos una excelente escritora, seguí así, aunque tb debo confesarte que (producto del tiempo que esto te insume) te extraño en el facebook. Besitos.

  3. HOLA VIOLE sos una genia escribiendo tus anecdotas !!!! algunas las recuerdo otras no las conocia y esta me reia sola…….me encanta que escribas !!!! y como lo contas , todas tienen una gracia especial , y mucho amor … soy admiradora de tus poemas !!!!! besossss

  4. Gracias VIOLETA por tu forma de contar tus anecdotas que son imperdibles !!!!! algunas las recuerdo otras no conocia , pero todas me gustaron y esta me dio mucha risa ….. sos una gran escritora !!!!!!! besossss

  5. Enamorada de un poeta con los rulos al viento, descalzo y apoyado en una casuarina.
    Es una imagen que desborda juventud!

    Es la primera vez que entro a tu blog y lo primero que leo..
    Me encantó. Gracias por compartir!

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