Las raíces no viajan

El invierno pasado apareció en mi casa un árbol que venía de sobrevivir más de quince años en un balcón. Había crecido en un balde hasta que sus dueños, mis amigos, decidieron darle un golpe de suerte y lo trajeron para plantarlo en el parque Pereyra Iraola donde la tierra es fértil y la naturaleza salvaje; pero se les hizo tarde y lo dejaron a un costado en mi terreno. El árbol es un Timbó, dicen que es autóctono argentino y se lo conoce vulgarmente como oreja de negro, en referencia al fruto. Ahí quedó el pobre oreja, viendo la tierra a su alrededor pero atrapado en su maceta, retorcido y agónico. Esperé unas semanas y lo planté en el frente, hice un buen pozo y enterré las raíces, lo regué y lo encomendé a su suerte. ¿Qué más podía hacer?.

Estamos en octubre y se vive una explosión de vida; yuyos, plantas y árboles rebrotan, el paisaje reverdece hasta encandilar y a mí se me enciende el motor vital. Es la primavera. Ayer, en la ronda habitual de visitas, fui hasta lo del oreja y lo encontré gris y quebradizo, lo miré con detenimiento, y creo que está muerto, muerto sin esperanza de rebrote. El árbol no toleró el trasplante, habíase acostumbrado a su propia vida (obviedad natural ésta), a ese balcón, a esa maceta, con su sombra y con su sol.  Aquí la realidad de siempre se le había convertido en una pesadilla, en un caos inmanejable. Y ahora que lo escribo pienso que debería haberlo sabido, que bastante responsabilidad tengo. Pero no quiero hablar de esto. El timbó muerto en tierra ajena, me recordó a la Antonia, mi bisabuela.

Antonia era la madre de mi abuela materna. Criolla, nacida en 1885 en medio de la nada, provincia de Santa Fe, la menor de cuatro hermanas, esposa abnegada y madre de siete hijos, mellizos incluídos, todos paridos en su casa, como corresponde; en fin, una mujer que vivió su vida en su lugar y acorde a su tiempo. Al final había sobrevivido a su esposo, a sus hermanas, a tres de sus hijos y a todos los que la habían conocido, y por cuestiones de la vida humana, ya siendo muy anciana, la trajeron a mi casa para que esté mejor. Le armaron un cuarto en el fondo, detrás de la casa de mi abuela, a cientos de kilómetros de su casa y en dirección a la ciudad. Le pasó como al timbó.

Cierro lo ojos y la veo sentada en el patio, eternamente en su silla, entre las hortensias y el gomero. La llevaban del brazo, pasito a pasito, y la dejaban ahí, tomando el sol de la mañana y después el frescor de la tarde. Su cara, enmarcada en hilachas grises atadas con rodete, se veía atravesada por surcos verticales. El labio inferior colgante, dejaba a la vista la encía hundida y una hilera de dientes largos. Sus ojos era perturbadores…dos bolitas negras que giraban lúcidas y vivaces dentro de órbitas amarillas y gelatinosas. Nunca hablaba, se la escuchaba de vez en cuando llamar a su hija con un gemido ahogado, como de caverna. Y se comunicaba conmigo izando el bastón; si señalaba hacía afuera era que había alguien, si señalaba la canilla del patio, le faltaba agua a los perros.

Yo era su única compañía. Yo, que me olvidaba que era una persona (que era mi bisabuela) y la tomaba como parte del escenario de mis juegos. Jugábamos a la mancha fantasma y tocarla a ella era la salvación; algunas veces nos sostuvo la soga de saltar, pero el parkinson avanzado hacía que se le soltara, y yo me enojaba; si perdías en un juego, la peor prenda que te podía tocar era ir a darle un beso. Mis amigos lloraban y me rogaban que cambiara la prenda, pero yo era intransigente, las prendas son prendas.

Sin embargo la abuela era más despierta de lo que aparentaba, recuerdo que me señalaba el escondite de los otros, y más de una vez me ayudó en la mancha usando su bastón. Lo peor, lo más triste, es el recuerdo de haberle tapado la cabeza con un balde para que no me espiara. Es que me molestaba, me molestaban sus dos bolitas negras, esos ojitos vivaces que no me dejaban nunca a solas.  Ese día se ve que la cansé, estuvo un rato largo para sacarse el balde y se paró, me dijo algo que no entendí y empezó a correrme sacudiendo el bastón. Venía rápido, pasito a pasito y sin levantar los pies del suelo, y yo me espanté como nunca en mi vida. Y claro, cuando ella habría recorrido unos diez metros, yo ya estaba en la esquina…al rato entré como una bala y la vi sentada en su silla, secándose las lágrimas con un pañuelito.

Todavía me da compasión y sé -supe- que no hubiese podido vivir con esa emoción adentro. Es por esto que me acerqué, la abracé y le pedí perdón, de corazón. Le pregunté de su vida y de su infancia y hoy pienso que qué suerte haber hecho ese acercamiento vital, fue el día en que la empecé a querer y la última vez que hablé con ella. Me contó algunas anécdotas, no las recuerdo en detalle, pero me quedó grabado que montaba a caballo como los dioses, incluso parada. Y conservo una imagen congelada, una instantánea mental en donde ella y sus hermanas están apostadas detrás de las ventanas del rancho, cada una apuntando una escopeta, resistiendo los malones indígenas, que eran el gran terror de Antonia. (Me prometí que alguna vez voy a redondear la historia de las pistoleras de Arroyo del Medio, mis abuelas).

Esa noche, quizás habiendo comprendido que nuestra tierra era demasiado fértil y salvaje para ella, que no la necesitaba, la Antonia se fue. Esa noche, después de la carrera y del esfuerzo de la conversación, Antonia se cansó y llegó a su fin. Creo que comprendió que su lugar era otro, que su lugar era la tierra, su tierra. Y así fue, hoy yace en su pueblito de siempre, junto a su esposo y sus hijos. Mientras tanto, el timbó espera su destino final y yo tengo la determinación de vivir y morir siendo la dueña de mi rumbo. Sospecho que cuando se hechan raíces profundas en una tierra, no es posible estar mejor en otro lado.

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29 comentarios sobre “Las raíces no viajan

  1. Con lágrimas en los ojos te felicito por este relato que me obliga a ir a retocarme los ojos que me quedaron como dos manchas negras… Seguí escribiendo, que la próxima procuraré pintarme después de leerte!
    Besos.

  2. Será? Será posible también ser como las orquiídeas, que no son parásitas pero viven en cualquier rama, del aire?
    Lo que yo, en mi incipiente exploración del mundo botánico veo, es que cuando hay trasplante siempre se pierde un poco, no? se rompe alguna raícita…
    Una vez yo levanté de la calle una mariposa y se la llevé toda orgullosa a un profesor muy querido diciendo que la había salvado de morir pisada y él me dijo algo como que tal vez era su destino (morir pisada) o que andá a saber todo lo que le había costado llegar ahí o que, en síntesis, yo era una entrometida. Bueh, ya hice mi ejercicio de descarte, yo también.
    Te quié.
    Bé.
    Loco lo del blo, no? La gente aparece y te dice cualquier cosa, ja!

  3. Y hermoso lo de tu bisa. Yo tengo abuelas ausentes, bah, toda una familia ausente, en total, y jamás me ocupé de (creo que ni lo desée siquiera) acercarme.
    Ahora el cuento lo escribo yo, y tengo mi flia, bueh, insisto en descartar yo, qué lo tiró.
    A lo que iba, muy linda historia, la de tu bisa, el balde (!), el enojo, te correteó, charlaron, y se murió. Como que en paz, no? por lo menos vos.

  4. Tantas veces fui un Timbó… renací. Quién sabe y te sorprende.
    Es un gusto leerte, siempre V.
    Beso grande y felicitaciones por el blog

  5. Que yo llore leyendo algo no es raro…. es mas, disfruto de toda expresion artistica q te llega al alma y te saca unas lagrimas (o una sonrisa). Lo que si no es comun en mi es que disfrute tanto de cada palabra, de cada emocion, de cada pedacito de la historia que me lleve a leerla, y leerla y releerla mientras sigo llorando. Es que no veo a Antonia, la siento!!! Y no veo el arrepentimiento, lo siento propio, como si me hubiesen corrido a mi, como si esa historia fuera propia…. ya te lo dije Vio, esto es un don!

  6. Me hiciste emocionar, en realidad me sorprendés con cada relato. Nunca hago comentarios pero leo todo lo que publicás. Seguí escribiendo. Te quiero

  7. Te encontre salteando blogs. Desde la ciudad de La Plata, hasta España y volvi a nuestro país. De casualidad y por el gusto en comun por las palabras de Hernan, las mismas que se haran nuevamente papel.
    Ahora, a lo que llegue.
    Fascinado por la cadencia de tu relato, siento cerrar los ojos y ver palabra a palabra la imagen pincelada. Segui asi.
    Te estare visitando.
    Saludos diagonalinos

  8. Me hiciste emocionar Viole….. EXCELENTE RELATO, dicen que cuando uno ha encontrado su lugar en el mundo, si lo arrancan de alli de alguna manera muere, aunque siga viviendo… TE FELICITO VIO….

  9. Tus relatos me hacen revivir “El tunel del tiempo”. Me encanta.
    La abuela Antonia…
    Me hizo reir, me emocionó… Que bueno!!
    Te felicito Negra!!

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