El príncipe Luke

I.

En la misma época en que la niñez se esfumó de mi cuerpo e hizo su aparición el primer deseo, las tardes de mi barrio se transformaron en un opio. Las pasaba sentada en el pasto, buscando tréboles de cuatro hojas, deshojando margaritas y viendo pasar las nubes. Con suerte pasaba a caballo el viejo comegatos y yo me entretenía maldiciéndolo. En pocas palabras, vivía condenada a soportar la vida chata de pueblo, donde las siestas de verano son interminables, donde la gente duerme y los jóvenes intentamos olvidar la falta de sentido de una existencia totalmente inútil.

Poco a poco este vacío existencial me fue transformado en una persona introvertida y fantasiosa;  introvertida porque había creado una actitud de servilismo emocional con las personas que me relacionaba, esperando adivinar en los otros, con temor, cómo era yo y cuanto valía. Y fantasiosa porque soñaba con situaciones que estaban a años luz de ocurrir, y yo lo sabía, y por eso mismo quería soñarlas.

En mi vida de ensueño, ese año tenía un tema central y recurrente: el amor romántico; me encantaba imaginar que durante un día soleado, un muchacho llegaría caminando hasta mi ventana, uno alto y de ojos azules, y me haría algún comentario ingenioso, para más tarde confesar que venía desde muy lejos buscándome.

 

II.

El día anterior a la llegada de mi príncipe habían regresado las golondrinas de su viaje al norte, y haberlas visto pasar era una clara señal de buen augurio. Por eso me decepcionó que al otro día lloviera tanto, decepción que se borró de un plumazo cuando llamaron a la puerta. ¿Es así tan repentino? ¿Es así cómo el amor golpea a la puerta? preguntas de este tipo me hice en cuestión de segundos. Aunque había algo que desentonaba, y mucho, y era la presencia de su amigo el ramplón…vestido igual a ti, mi amor. Y escuché sin sospecharlo, “soy un misionero de la palabra, mi nombre es Luke”, y me flaquearon las piernas y tuve que aferrarme de la puerta, de eso me acuerdo bien.

Por lindo nomás le dije a todo que sí y lo escuché durante toda la tarde: la corta vida de Naamán, bastante del profeta Eliseo y la proyección de un video, qué moderno, acerca de la fe, la familia, y las  misteriosas visiones de Joseph Smith.

Cuando la disertación llegó a su fin y noté el entusiasmo para encontrarnos otra vez, no pude evitar -¡qué condena!- que me atravesaran dos espadas. La primera me cayó como un rayo y me hizo saber que estaba ante un fanático cabeza hueca lleno de ideas delirantes y que ya no me esperaba una vida a su lado en Utah; la segunda atravesó una debilidad mía, y era la incapacidad para discernir entre las intenciones de un muchacho, y ese día confundía completamente evangelización con romanticismo. Y acá quería llegar. Yo me pregunto ¿qué resortes nos saltan a algunas mujeres, para caer presas de la lástima y no poder rechazar a quien no nos interesa sólo para no desilusionarlo? ¿Se trata de simple bondad, mal entendida, o se trata de la necesidad de cuidar a quien nos pretende, sea quien sea, porque, sin valorización alguna, no estamos habituadas a que nos elijan? ¿Es compasíón o desesperación?. Como no lo supe en ese momento y me faltó valentía para enfrentar la verdad, avanzamos en los encuentros y quedé a un paso del bautismo. A un día de convertirme al mormonismo por dejadez.

 

III.

La mañana de la ceremonia me levanté agobiada y no sabía para dónde salir corriendo. Eso mismo deben sentir las novias que no están enamoradas, las mismas que escapan del altar en el momento de dar el sí, así de acorralada me sentía yo mientras Luke me esperaba en el templo. Y gracias a Dios todopoderoso no hizo falta que tomara coraje para la huida, ni hizo falta ninguna confesión tardía porque el príncipe Luke, el cabeza hueca, tenía mucho más para dar que yo, mucha más grandeza.

Me esperó en una esquina para decirme, sencillamente, que no me veía feliz, que consideraba que mi alma aún no encontraba su lugar, y que creía importante que siguiera buscando. Así de corto, así de simple. Y su despedida fue memorable, que se sentía feliz de haberme encontrado y que confiaba que algún día nos volveríamos a ver en el paraíso. Creo que no dijo ni más ni menos que eso.

Y me liberó de la mentira y del peso de la compasión. El príncipe Luke, viviendo su propia cruzada, fue el único hombre que me puso en mi lugar, enrolló el piolín, me trajo a tierra y cortó la cuerda con los dientes. Así sin vueltas, sin preguntas, con la verdad. Y me orientó hacia el principio de la búsqueda de la identidad última, esa búsqueda que aún no se termina.

No lo vi más, pero me gusta pensar que alguna vez, en algún lugar, me estará esperando.


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