Epílogo de una explosión

Epílogo de una explosión

I.

Estamos en el año 1977 y el humo que sube desde el fondo de una casa pasa de hongo a rifle, y se va sin prisa hacia el rio. Los pájaros todos, ya se fueron espantados; los vidrios de las casas estallaron, cayó la pared medianera y dónde antes había una parrilla ahora hay un pozo de tierra.

El aturdimiento me duró algún tiempo en el cual no comprendía lo que había pasado. O sí comprendía pero no lo creía cierto, porque en la noción que nos hacemos de las cosas está lo exagerado. Me imagino con esa cara de incredulidad que tienen las personas que salen de debajo de los escombros: el pelo enmarañado, la cara sucia, la voz muda.

Así y todo mi alma se sentía liviana porque sabía que Aurora estaba viva. Fue lo primero que pregunté, me contaron, y apenas habré comprendido lo que sería mi consuelo porque no podía oír muy bien, había quedado parcialmente sorda, qué ironía.

Aurora sólo había sufrido una fuerte crisis nerviosa y reposaba, bien sedada, en una cama vecina. Marcelo había desaparecido.

II.

En la calle se juntaban los curiosos de a decenas. ¿Qué dirían?, puedo imaginarlo: se salvaron de milagro, para mí que el Esteban anda en algo, está metida hasta el cogote la pibita de rulos, ¿tan chiquita?, y si, hoy en día no te podés fiar de nadie, son todos loquitos, pobre Don Juan cuando vuelva.

Cuando Don Juan al fin regresó de la ELMA, dobló en la esquina y vio, en la puerta de su casa, una multitud que formaba un arco detrás de los bomberos, un móvil policial y un falcon verde. No sé que habrá pensado, no sé de dónde apareció Esteban, pero lo que sí sé es que esa tarde se llevaron a Esteban y a Don Juan en calidad de detenidos, acusados del delito de subversión contra el Proceso de Reorganización Nacional.

III.

En mi casa se sucedieron los llamados telefónicos y esa misma noche, cuando estacionó el ejército en mi puerta, ya estaban allí los directivos de la ELMA reunidos con mi padre. Con rudeza se pactó que el interrogatorio fuera en la sala de mi casa y no en la comisaría.

El teniente Aguirre me miró con desprecio.

-¿Cómo te llamás?

-Violeta  -le dije en un hilo de voz.

-Ahora me vas a contar todo, Violeta, y quiero qué pienses muy bien antes de hablar, no me gustan las mentiras.

– Sí señor.

La frase “no me gustan las mentiras” siempre me había inclinado a mentir, lo mismo que cualquier frase que incluyera “no me gusta tal o cual cosa” en relación a mí, porque un aviso así supone un prejuicio. De cualquier forma era una manía innata. Pero le conté todo, con pelos y señales, me iba por las ramas y Aguirre me traía de vuelta sin esfuerzo. Cambié la verdad de la intención de fabricar una bomba por la versión mejorada de un experimento que había salido mal, muy mal, y más que una elucubración valiente, fue un acto del instinto. Y también cambié lo que sabía del paradero de Marcelo, que era nada, por la versión, más acorde con la experiencia, de que se había desintegrado en la explosión. Eso prefería creer.

Aguirre entrecerró los ojos, apagó el cigarrillo, y dio por terminado el asunto: Una hora después regresaban en un móvil policial  Esteban y Don Juan, ilesos.

IV.

Recién ahora que lo escribo puedo adivinar el razonamiento que hizo Aguirre mientras apagaba el cigarrillo. Tengo detenidos a dos anti sospechosos: uno pertenece a la marina mercante y no está nunca en el país, el otro sólo nos habla del triángulo de las Bermudas y no entiende de una puta cosa más, esta pendeja… insoportable; entonces, ¿para qué invertir las fuerzas en buscar al otro niño, que debe ser de seguro otro imbécil?. Fue así que Marcelo se mantuvo en la falsa clandestinidad por varios días, pensándose buscado, embriagado con la adrenalina de los fugitivos e imaginándome su delatora.

Lo bien que hizo en no aparecer. No lo buscaban los militares pero lo andaba buscando Don Juan, que cuentan las malas lenguas que cuando lo encontró, con lágrimas en los ojos, lo metió para la casa mientras se sacaba el cinto. Yo no lo creo.

Y aquí doy por terminada esta desdichado relato que se ve atravesado por la trágica historia de mi país. Acaso en algún tiempo me anime a contar el epílogo del epílogo, que transcurre años después, que empieza cuando a Marcelo le entregan el arma reglamentaria, cuando sonríe y cuando piensa que, finalmente, va a saldar las cuentas con la borrega.


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