Una venganza y una bomba 

Una venganza y una bomba

El plan para vengarme de Marcelo era simple como mi intelecto. Consistía en esperar la ocasión en que me diera un recado para su madre y cambiarlo en el trayecto, perjudicándolo. Y la justificación para cuando me cayera encima era decir que Aurora me había leído mal los labios, situación al máximo probable para cualquiera. Era perfecto.

Pero tuve que esperar mucho, Marcelo no me hablaba casi nunca y cuando lo hacía sus pedidos no concordaban con el plan.

Sin embargo, esta espera no fue tiempo perdido, se acercaba la fecha del regreso de Don Juan, hecho que era de una magnitud enorme para nosotros, porque además de extrañarlo hasta el infinito, implicaba que llegaba la autoridad máxima, el que venía a resolver todas las injusticias y a sanar todas las penas. Era vivir una resurrección.

Al fin llegó el día del regreso, la felicidad, las confesiones, los regalos y la oportunidad que había estado esperando.

Ocurrió que a Marcelo le llegó de regalo un juego de química, de esos de antes, enorme, un laboratorio en miniatura con decenas de piezas de vidrio y cerámica, en una palabra, un sueño.

Y yo no sé que estímulos tendría la juventud de aquella época, ni por qué tenían esas mentes tan malditas, pero a Marcelo, en vez de ocurrírsele separar la arena de la sal o medir el nivel de dióxido del aire, se le ocurrió una prueba más trascendental: fabricar una bomba. Sí, una bomba de verdad. Y me necesitó más que nunca.

Empezó a salir de tarde a juntarse con amigos para “hablar de química” y se lo veía tan enfrascado en la ciencia que cualquiera hubiera dicho que era un ejemplo de hijo. Andaba de buen talante como las personas ocupadas en hacer lo que aman.

Una tarde se me cruza. Borrega, vení. Hacé un favor, andá a la farmacia de Las Flores y comprame una lata de pastillas de potasio, las de lata eh! tomá la guita, no digas que es para mí.

Yo colaboraba porque tenía una luz de esperanza, la ilusión de que al final de todo, quizás, me quisiera. Y así como le conseguí el potasio, también robé para él: alcohol, cordones de zapatilla, azufre, acetona.

En el fatídico día que ocurre esta historia los hechos no fueron casuales. Don Juan había ido a la ELMA a hacer trámites, Esteban no sé dónde andaba, Aurora estaba en lo de su amiga Sarita, y Marcelo trabajaba en el fondo de su casa trenzando cordones mientras los embebía en alcohol.

-Borrega, andá a lo de Sarita y decile a mi vieja que no venga, que yo no como en casa…

Justo.

– Au roo raa :   dii cee   Maar cee loo    quee   tiee  nee   hamm bree,   quee   vaayaa   usteedd   aa  laa   caa  saa.

Y corrí desesperada a la casa, hacia el fondo, sintiendo en la boca el sabor agridulce de la venganza. Llegué sin aire.

El bulto ya está acomodado en la parrilla, Marcelo me echa como perro furioso y yo le grito que no me voy. Pasan minutos interminables de palabras entrecortadas y mucho nerviosismo. Marcelo, al fin, enciende la larga mecha y me indica que permanezca cerca para vigilar que no se apague. Él sale corriendo a resguardarse detrás de la pared del cuartucho.

Quedo fascinada viendo como la mecha se quema lento y sin pausa. ¡Corré! Borrega ¡Corré!. Me alejo sólo unos pasos sin perder de vista a la mecha…ya falta poco. Los brazos de Marcelo me alzan por el aire y terminamos cayéndonos a pocos metros, debajo de la higuera y detrás de los canteros. Los dos vemos, con los ojos desorbitados, como viene muy tranquila Aurora, entrando a paso vacilante, por el pasillo externo de la casa.

Marcelo aúlla como un loco, Aurora sigue avanzando, ya casi llega… un fogonazo blanco y al final, un viento que me traspasa la carne y me deja suspendida en un sólo pensamiento: Yo maté a Aurora.

¡Yo! niña infame y perniciosa, la saqué del silencio terrenal y la mandé sin aviso al silencio eterno. ¡No tengo perdón de Dios! ¡La vida está arruinada para siempre! Nunca jamás, haga lo que haga y pase lo que pase, podré ser feliz. Porque estoy condenada a verla en todas partes, así mis padres me envíen a vivir al fin de mundo, la veré en cualquier esquina acercándose con su paso vacilante de sorda.  Me quiero morir. Ojalá me mate Marcelo.

Hoy, mientras termino esta parte de la historia, cae la última lágrima que guardaba dentro. Porque aunque Aurora no haya muerto, y ni siquiera se supo bien si escuchó la tremenda explosión, la culpa, la herida que llevo dentro, la enseñanza grabada a fuego, es que de la venganza nunca resulta nada bueno, que la mejor venganza es el olvido.

Lo que aconteció cuando se disipó el humo ya es parte de otro cuento.

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18 comentarios sobre “Una venganza y una bomba 

  1. me encanta las historias que mandas con gente que yo conozco y se como te queria o los queria a todos la sra AURORA segui que espero mas !!!! te felicito sos una capa en la materia…..besos !!!!!

  2. fui, soy y sere tu admiradora, FAN…. por tu exquisita y atrapante forma de narrar o contar historias….!! WOWWW IM PE CA BLE!!! QUIERO MASSSSSS!! SOS LO MASS…mi ansiedad me mataaa… q continueeeeeee y no se detenga!
    FELICITACIONESS!

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