La vivencia robada

A mis hijas…

Tiempo atrás cientos de mujeres marcharon hacia el congreso nacional para manifestarse en contra de la violencia obstétrica. Es decir, contra las canalladas cometidas por médicos, enfermeras y técnicos que habitan maternidades, hospitales y sanatorios a lo largo del país.

Cada vez que leo este tipo de noticias me acuerdo de mis partos que fueron tres. Del primero al último, un catálogo de prácticas diseñadas con el fin de no permitir al cuerpo femenino ser y actuar, un catálogo médico que lleva por título “Domar a la naturaleza”. Es el peor tipo de violencia de género que existe porque altera y destruye el momento más sagrado de la humanidad, el más poderoso, creo yo, de los estados físicos y mentales -como puede serlo un trance místico, un orgasmo o el instante mismo de la muerte -esto último no lo sé- y me refiero al parto de una mujer, estallido de vida, hormonas y emociones.

Me remonto al finales del siglo XX, a mi primer embarazo, para contarles que antes de ser madre yo era muy diferente. Para empezar no me gustaban los chicos. Nunca me habían gustado los chicos y jamás fui mujer de enternecerse ante un bebe. Enterarme de mi embarazo me produjo una conmoción como si me hubiesen dicho que me quedaban nueve meses de vida. (Cabe aclarar que no era yo mujer casada sino que convivía con un vago que tocaba la guitarra mientras diseñaba objetos locos).

¡Estoy embarazada! Esta frase me la repetí por meses para apuntalar la idea, y el tiempo que le siguió lo dediqué -mas, menos- a esperar sentada a que naciera. ¿O no es el embarazo una espera? Lo es, pero no debería ser una espera inútil. Hay muchos preparativos emocionales por hacer, muchos mares que bucear, no alcanza con sentarse a esperar. Claro que eso yo no lo sabía, y por eso me pasó lo que me pasó.

La preparación inútil

El embarazo fue de manual. Mejor dicho (los embarazos no necesitan de manuales ni de escrituras) fue el esperable para una mujer joven y sana. No pasó nada raro. Aumenté más de veinte kilos y me ocupé de acopiar cosas: un cochecito de paseo, pañales, baberos, mamaderas, un baby-call, chupetes… todos objetos inútiles que pertenecen a la categoría comercial “bebé”. De lo importante, nada.

¿Queréis más liviandad? Al obstetra lo elegí al tun tun de la cartilla de la obra social y me decidió que en la puerta de su consultorio se pudiera estacionar el auto. Nunca le presté atención, nunca me pareció un personaje central; yo pensaba que el médico estaba para estudios de rutina, para informar… qué sé yo qué creía… que estando embarazada hay que visitar un médico. Y pensar que hoy creo que el ejercicio de la obstetricia debería estar vedado a los hombres. Porque a mi los ginecólogos y los obstetras me dan la idea de pervertidos, no sé, no lo puedo evitar… un parto pertenece a un universo femenino e intuitivo, lo mismo que la lactancia. Un macho husmeando una vulva femenina para ver como viene la cosa es bastante subversivo y hasta contra-natura, digan lo que digan.

Volviendo al relato, yo pensaba que así como miles de millones de mujeres habían parido a lo largo de la historia de la humanidad, yo pariría normalmente llegado el día, que el bebé saldría para afuera en algún momento sin tanta historia, sin tanto médico ni tanto papeleo. ¡Qué ilusa! ¿Dónde pensaba que vivía? ¿En una tribu? ¿Creía que era una de las féminas de Doris Lessing? La ignorancia se paga caro, siempre lo digo. Y no es porque un bebe no pueda nacer espontáneamente, claro que puede, sino que no puede nacer espontáneamente con un equipo obstétrico al lado.

En resumen, para mí la gestación era una cuestión de los órganos internos, de lo entrañable, de lo oculto. No me interesaba. El hijo se estaba gestando y todo comenzaría el día del parto, esa fecha incierta que a medida que se acercaba me iba convirtiendo en una condenada.

Yendo contra-natura: la labor obstétrica

No voy a contar el parto en detalle porque eso es cosa de señoras y este texto es público. Solo cierro los ojos y me dejo llevar por las imágenes: Estoy en un estado alterado de la conciencia, físicamente privada de mi libertad… desnuda, boca arriba con las piernas abiertas, unida a cables y a aparatos electrónicos. Veo azulejos verdes, hay olor a yodo y me enceguece una luz blanca del tamaño de una antena satelital. Son todos mis enemigos. Estoy capturada en su territorio. Segrego adrenalina. Me dicen, me miran, me ordenan, me tocan, me retan. Actúan como si hubiese sido llevada en helicóptero por la gravedad de un accidente, como si mi persona no estuviera ahí, como si de repente no existieran ni el pudor ni la piedad.

Un garrotazo a dos millones cuatrocientos mil años de instinto femenino. Es imposible para una mamífera parir en estas condiciones. En estas condiciones lo que ocurre es la parálisis, el miedo, el dolor, las ganas de que te duerman, te corten al medio y te saquen al chico… que es el destino de una alarmante cantidad de mujeres.

Para explicarlo gramaticalmente, el protocolo médico funcionó como núcleo, como verbo; el bebe vino a ser el objeto directo, y yo no estaba, yo fui sujeto tácito. Sin consulta me anestesian, nace, la levantan, hablan todos, le veo la espalda, se la llevan, me olvidan. Una enfermera me felicita y a mí me tiemblan las piernas, los odio con toda mi alma y me muero de tristeza porque no conozco a mi hija. ¿Por qué no está?.

Bastante más tarde la conocí, era sana. El apuro por llevársela formaba parte del protocolo. Había que pesarla, medirla, ponerle gotas en los ojos, aspirar su nariz, hacer el test de Apgar, etcétera, todas cosas importantes, al parecer fundamentales para la vida porque están en el protocolo. Que recién nacido y madre se conozcan no estaba escrito en el protocolo. Recuerdo que pregunté varias veces ¿Es ella? la besé en la mejilla y la acosté en el moisés de plástico. Me resultó una extraña.

Navegando en un limbo total no dudé en recostarme para participar de la fiesta que habían organizado en mi habitación. Fueron llegando de a puñados las visitas. Todos contentos, con la energía alta, cargando risas, paquetes, flores y hasta sándwiches de miga y botellas: es el precio de la ignorancia. Al poco rato la recién nacida se impuso y empezó a chillar, como poseída, barriendo a los invitados hacia el pasillo. De un momento para otro me enfrenté sola al embate de lo real sin saber qué hacer. Me puse a llorar yo también, a cuál de las dos más fuerte y sentido.

El renacer

Creo que fue en lo más álgido cuando me hice madre. Los recuerdos son borrosos, pero el chillido me taladra las neuronas, el mundo ha dejado de girar, el tiempo se ha detenido. Está roja de rabia y no encuentra más señales para hacerle saber a la mujer que tiene al lado que ella es todo necesidad, y que no dará tregua ni concesiones.

Tuve como un momento de locura que me tapé la cara y no pude pensar claramente. Es mi hija, es mía, la necesito tener otra vez adentro, eso sentí aunque no pueda segurar que lo haya pensado. Me levante con dificultad y la alcé, la apreté contra el pecho y la olí profundamente. Se calmó. Entonces me acosté con ella y la desnudé toda y la miré en detalle. Y se me iba la boca, necesitaba chuparla, ¿comerla entera? tenía que unirla a mí otra vez, esa era la necesidad. Y empecé a besarla con lagrimas y babas, con un amor cargado de pertenencia, con una ola de responsabilidad amorosa como nunca había sentido antes.

Mi amor, mi bebé chiquitito… perdón, perdón… hermosa mía, mamá te promete que nunca más ninguna persona te va a alejar de mí, yo no lo voy a permitir, te lo juro mi bebé. Y la hice mía y la amé con todo mi ser, para siempre.

Lejos de extraños empecé a sentirme poderosa, dueña de mi cuerpo, de mi hija y de mis elecciones, que aunque fue a destiempo, llegó. Por supuesto que tuve muchísimos problemas con la lactancia, los cuales pude superar después de mucho dolor y esfuerzo. Ese fue el regalito que el sistema me metió en el bolso para que lleve a casa. Así, durante meses fui madurando un profundo resentimiento hacia mi médico y por extensión, hacia todos los médicos obstetras. Íntimamente me juré que alguna vez iba a parir, aún a costa de todos esos cretinos. Que no me iba a morir sin esa experiencia, como la naturaleza indica, sin intervenciones innecesarias y de ser posible, sin gente.

Cada mujer debe defender su libertad para encontrar el propio camino para gestar, para parir, para alimentar y para criar. Y lo más importante: debe creer en sí misma, saberse mujer… con todo lo que eso implica, mujer…  millares de años sabiendo parir, aunque nunca lo haya hecho antes. Si primero no lo cree ella, seguirá anestesiada, viviendo en una mátrix en la cual deberá correr a los brazos de un extraño (¡y casi siempre hombre!) que sabe como vendernos miedo para sacarnos al hijo de adentro. Un nacimiento no es un asunto de sanatorios y hospitales que son albergues de enfermedad. Tampoco somos niñas brutas e ignorantes que necesitemos de una mano guía y salvadora. Basta de sumisión, basta de cómoda y cara pasividad.

Somos la especie más poderosa sobre la tierra y tenemos la capacidad olvidada de parir solas como se ha venido haciendo con rotundo éxito desde que la humanidad pisó el planeta.

Gracias a todas las legiones de madres que lucharon estos últimos años para que esta realidad cambie. Es inestimable el valor que tiene para el género humano el trabajo de conciencia que cada una hace desde su casa. El día que cambiemos la forma de nacer, el día que erradiquemos la violencia en el minuto cero, estaremos cambiando el mundo.

Las amo a todas, me siento unida a ustedes con raíces invisibles y secretas que corren por debajo de la tierra en todas las direcciones hasta abarcar el planeta todo.